Dentro fuera. Artículo sobre Técnica Alexander con Marta Barón en Madrid

BARRIO SÉSAMO I: dentro/fuera

El ser humano, en el acto de la vida, va respondiendo a los estímulos (necesidades, deseos, etc.) que le van llegando; desarrolla un amplio abanico de actividades.

La actividad humana engloba cualquier situación que te lleve a ejercer el pensamiento o los músculos, o que te provoque una emoción. Cada vez, reaccionas. 

¿Qué tienes para registrar esos estímulos?
1. Los mecanismos sensoriales que te conectan con el exterior: los cinco sentidos.
2. Los que te conectan con el interior: el sentido de cómo estás en el espacio,
3. La experiencia vivida
4. La idea que tienes sobre las cosas
5. La conciencia de tu persona.  

Eres, en esencia, un ser que percibes, te pulsan tanto los estímulos externos como los que se dan en el interior de tu organismo. Estos últimos son muy fuertes y, a veces, desconocidos para ti, pero determinan tus reacciones: las emociones, los pensamientos, los sentimientos, los deseos, tu concepción de lo que te rodea. Puedes ejercer un cierto control sobre ellos. La Técnica Alexander te ayuda a conocerlos, clasificarlos, usarlos en tu beneficio para funcionar con salud; y a conectarlos, ya que son complementarios.

Es fácil que llegues a pensar que no “puedes evitar” reaccionar como lo haces. Hay un conjunto de creencias sobre tu persona, pero lo cierto es que puedes matizar y optimizar tus reacciones. La Técnica Alexander te enseña a usarte de forma constructiva, se ocupa de toda la cadena de reacción; tiene en cuenta necesidades, cualidades y limitaciones, la información que te llega, la que tienes dentro, la experiencia conectada con la vida cotidiana y el trabajo en sí, tu capacidad de decidir en una determinada línea.  

En el proceso, estableces una relación dinámica entre lo interno y lo externo. En la naturaleza todo está mezclado, unido, integrado: los estímulos externos accionan tu sistema neuromuscular. Tus acciones generan un cambio en el exterior. Por ejemplo, estás en la calle y empieza a llover, el estímulo exterior te mueve a abrir el paraguas. Ahora la lluvia sigue cayendo, pero se encuentra con un límite físico que impide que te mojes.

Ser consciente de los estímulos externos que te afectan (las relaciones personales, la temperatura exterior, el mobiliario urbano, el camino por el que vas andando en una montaña, etc.) pero también serlo de los estímulos que, desde dentro, te hacen actuar (tus deseos y la relación con los sentidos: ver un objeto que te emocione, escuchar una pieza que te traiga un recuerdo de una situación o una persona, o ser consciente de un deseo íntimo) te ayuda a resolver lo que se te presente y enriquece la experiencia del vivir.

La Técnica Alexander mejora todos estos aspectos por la capacidad que tiene de expandir la conciencia: literalmente te llega más información de todas las fuentes. Esto es esencial para dar una respuesta que considere las necesidades y deseos, siendo respetuosa con el diseño y las exigencias del entorno. Serás capaz de identificar y reconocer lo que pasa fuera para que no te arrastre, pudiendo permanecer en tu centro. Se trata de estar en contacto con lo externo sin obviar lo interno. Y viceversa.

Tomemos un estímulo y veamos la reacción posible. Suena el teléfono (externo) y ves quien llama. Observa si eso genera una reacción en el cuerpo, o en la mente (interno) ¿Puedes decidir como reaccionar? Quizá es importante y decides interrumpir lo que estás haciendo y cogerlo. O decides seguir con lo que estás haciendo. Observa la cascada de reacciones que genera en ti cogerlo, o no. Acciones físicas, pensamientos, emociones, incluso. Si haces algo habitual, la reacción te parecerá “lo normal”. Si, por el contrario, tu respuesta es inhabitual, aparecerán muchas más sensaciones, incluidas las incómodas.

Estamos expuestos a infinidad de estímulos externos; si por alguna razón tu nivel habitual de excitación es “demasiado” alto, entonces te parecerá que cualquier estímulo justifica una reacción inmediata. ¿Qué ocurre con estas reacciones? Que transcurren por caminos trillados, con pocas opciones: los hábitos. Los hábitos no son un problema per se; pero si lo es la respuesta estereotipada que limita tu libertad y posibilidades físicas, mentales, sociales, emocionales, etc.

Los hábitos tienen, por supuesto, un lado positivo: te proporcionan estructura, seguridad y, por tanto, tranquilidad. Saber que cada mañana abrirás el armario de la cocina y te encontrarás con la lata esmaltada donde está tu café te proporciona cierta tranquilidad. O que saldrás a la calle y cogerás el 27 para llegar a tu trabajo. Sabes donde está la parada, cada cuanto tiempo pasa y lo que tardará en llegar a su destino. Estos hábitos de cotidianeidad te ayudan.

El problema surge cuando tu hábito es perjudicial para el funcionamiento del cuerpo; por ejemplo, fumar. Tus sensaciones te dicen que necesitas un cigarrillo; reaccionas a un estímulo externo (una llamada, una palabra, etc.) con una “decisión” interna asociada a experiencias y sensaciones de placer, necesidad o ansiedad. Satisfacerlas es sencillo, pero conculca el orden del cuerpo: pulmones, tracto respiratorio y digestivo no funcionan bien con el humo ni las sustancias de un cigarrillo. Pero, si decides dejar de fumar, tendrás que buscar y desarrollar una estrategia; pues al haber desarrollado semejante hábito, el cambio supone ir contra un cierto “orden” establecido.

Supongamos que tu “hábito reaccional” es más “físico”, como subir los hombros, bloquear la respiración o meter la pelvis hacia dentro. Un estímulo externo genera un efecto en el orden interno. Por ejemplo, ante una gran exigencia de trabajo dejas de respirar, con lo que el orden interno se trastoca en la mala dirección. Si esto se repite lo suficiente, quedará establecido sin que te des cuenta. No solo se establece el hábito en sí, sino la conexión entre lo de fuera y lo de dentro: una variedad de situaciones (estrés, angustia, miedo, etc.) disparan una reacción, la misma siempre. El hábito ya no es una reacción puntual, sino un patrón bien establecido y que no contempla ninguna otra respuesta. Quebrantar el orden corporal óptimo te generará problemas. Lo curioso es que puede que los notes de inmediato, por lo que vislumbrar la conexión entre el evento y la consecuencia, te resultará difícil. Coges un peso pesado y no pasa nada. Y un día, después de levantar la misma caja pesada que ya habías levantado mil veces antes sin consecuencias, aparece un dolor agudo que no se va de ninguna forma. ¿Qué pasó? ¿Dónde está la diferencia?

Piensa ahora en la naturaleza de los estímulos que te llegan. Clasifica. ¿Cuáles llegan de fuera? ¿Cuáles son internos? Si puedes diferenciarlos, es un primer paso para ajustar la respuesta a ellos. Cuando identificas lo que te llega, puedes tomar una decisión sobre como reaccionar. Y sobre todo recuerda: si es externo, no puedes transformar su naturaleza ni el hecho de que aparezca. Pero, si es interno, entonces puedes desarrollar la capacidad de verlo, reconocerlo y evolucionar en tu respuesta.

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