Conectar. Artículo sobre Técnica Alexander con Marta Barón en Madrid

Conectar… se escribe con S (II)

En la primera entrada de este título exploraba la utilidad de tener activados los sentidos y la propiocepción. Ambos te aportan información que te ayuda a moverte por el mundo.

En esta segunda parte me ocupo de la contribución de los pensamientos, las emociones, la experiencia vivida; todos ellos son en cierto sentido también sensaciones. Sin duda, las provocan. Si a lo largo de la vida no has perdido conexión con tu persona (o la perdiste, pero la has recuperado) puedes conseguir, la famosa conexión cuerpo/mente. La conciencia que tengas de tus pensamientos, emociones y las experiencias que hayas vivido, será una gran ayuda para esto.

En todas esas situaciones repetitivas que te ocurren a diario, si tienes un extra de conexión con el cuerpo tendrás la oportunidad de reaccionar de otra forma, lo cual te protege de posibles consecuencias nocivas. Esta herramienta (sentir) te permitirá considerar las sensaciones que te provocó aquel escenario; la información que recibirás de tus sentidos, te permitirá tomar una decisión que construya en vez de lo contrario. La Técnica Alexander te enseña a usar tu capacidad de razonar con base en la experiencia y en conexión constante con tu cuerpo y sus capacidades actuales. Tu mente se convierte en el observador de lo que pasa “allí abajo”: tus capacidades mentales te ayudan a lidiar con lo que sientes en el cuerpo; y al mismo tiempo, la capacidad de sentirte, te mantiene cerca de todo tu ser. Estás más presente, tu atención se agudiza, y te puedes dar un poco más de tiempo para reaccionar a lo que está pasando.

Piensa en alguna situación que suele repetirse y que a menudo no la afrontas de la mejor manera (esto lo sabes porque se produce algún tipo de consecuencia negativa para ti). Quizás la reunión anual de vecinos, o un atasco. Algo que puede sacarte de quicio fácilmente. Recuerda qué pasa en tu cuerpo cuando estás ahí. Y la próxima vez que te pase, vuelve al cuerpo con la intención (mental) de no reaccionar a la provocación del vecino del tercero, o al impulso de cambiarte todo el tiempo de carril. Observa si hay algún cambio.

Si mantienes la conexión entre cuerpo y mente, te resultará más fácil reconocer las emociones que vas experimentando a medida que llegan los estímulos del día. Esto te permitirá intervenir de forma consciente y constructiva en la reacción que dejas “salir” ante ese estímulo. En los niños, por ejemplo, hay una sutileza enorme a la hora de relacionarse con las reacciones que les habitan. Si están enfadados, lo muestran con muecas, gritos o pegando una patada a una puerta; si están tristes, lloran. O si tienen miedo, se esconden, buscan protección, lloran. Hay una conexión directa entre emoción y reacción.

Quizás tú también defines la mayor parte de eventos, como tantos adultos, con un “bien” o un “mal”. Estas dos definiciones, tan habituales, son grises, no dan matices. Si te sentimos “mal” ¿sería posible matizar un poco si lo que te ocupa es ira, dolor, miedo, etc.? Como ser humano, estas emociones (y otras) son naturales ti: te generan sensaciones y te ayudan a la supervivencia: te hacen sentir. Tienen, además, una manifestación física que puede pasar desapercibida si te cuesta sentir(te). Si no logras discernir lo que te pasa, la reacción a esas emociones puede ser descontrolada: tu inconsciente toma el relevo en clave de salirse con la suya, sobrevivir, o el mal menor. Esta posibilidad no te proporciona un aprendizaje consciente: no hay conexión.

Hagamos un juego: elige una situación reciente en la que te sentiste “mal”. O “bien”. ¿Podrías matizar qué había pasado, qué era lo que querías, si lo que ocurrió tenía que ver contigo o con algo externo? ¿Tenías esa sensación en algún lugar del cuerpo? Es más, ¿sentías el cuerpo? ¿Cómo fue que lograste salir del estado de ánimo? ¿Tuvo consecuencias, te hiciste daño a ti o a otros sin “darte cuenta”?

La Técnica Alexander facilita una conexión que te permite contestar todas estas preguntas. Te da herramientas para responder de forma constructiva a situaciones complejas. Cuando pasa algo, no “desapareces”, lo cual daría lugar a una reacción descontrolada. Al contrario, la atención te proporciona información variada y sutil que te ayudará a cubrir tus necesidades sin hacerte daño.

Conexión también es tomar conciencia de hábitos mentales que te llevan en una dirección que no has elegido. Y esto cambia el curso de las cosas. Pero para esto, ha de estar despierta tu capacidad de sentir. Preocuparte, deprimirte, enfadarte, estar “bien”, ser olvidadizo, etc., pueden ser hábitos de respuesta a la vida. Lo interesante es llegar a ver que es así, no es fácil. Pero si llegas a verlo, la vida mejora mucho, porque ya no estás en el “no lo puedo evitar” sino en una respuesta mucho más controlada y constructiva.

El hábito de preocuparse, por ejemplo. Si tienes ese hábito, te parecerá que cada vez que te preocupas hay una razón genuina detrás de esa reacción. Pero si llegas a darse cuenta de que te preocupas “por todo” es posible que consigas ver que es una respuesta habitual que se ha hecho fuerte en tu sistema y salta automáticamente. Esto puedes cambiarlo. A beneficio de tu vida.

A veces pregunto a mis alumnos si siempre andan o conducen por el mismo camino para ir y volver al trabajo; si usan el mismo tipo de ropa todo el tiempo; si comen lo mismo cada día en el desayuno, por ejemplo. Y, sobre todo, qué reacción tienen si se les impone (desde dentro o desde fuera) un cambio. ¿Se enfadan? ¿Empiezan el día con “el pie cambiado”? ¿Se sienten inseguros, incluso en peligro? Te invito a que lo observes en tu vida cotidiana.

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